La Sevilla de Bécquer

La historia más reciente de Sevilla está, en cierta manera, ligada a la figura de Gustavo Adolfo Bécquer. Sus habitantes no olvidan que este 2020 se cumplirán 150 años de la muerte del poeta.

Por eso, desde Arkeo Tour®, queremos también rememorar el legado de su figura y su obra en las siguientes líneas y mostrar cómo el autor veía su Sevilla natal a través de sus escritos. La Sevilla de Béquer.

Breve biografía de Bécquer

Nuestra historia comienza un 17 de febrero de 1836, fecha de nacimiento de Gustavo Adolfo Bécquer. Su vocación artística la había mamado desde el seno familiar, pues tanto su padre como uno de sus tíos eran grandes pintores.

No obstante, cuando Gustavo sólo tenía 5 años, José Domínguez Bécquer, su padre, falleció, y seis años después lo seguirá su madre, Joaquina Bastida de Vargas. De esta manera, Gustavo y sus hermanos pasarán a estar al cuidado de sus familiares, siendo su madrina, doña Manuela Monehay Moreno, la que más repercusión tendrá sobre el poeta.

Gustavo pasó a vivir con Manuela cuando este abandonó sus estudios en el Colegio de Náutica de San Telmo, durante la estancia en casa de su tía, desarrolla su gusto por la literatura.

Y en el año 1849 publica sus primeros trabajos. Unos años más tarde, el escritor comienza sus estudios en latín, animado por su tío Joaquín Domínguez Bécquer, quien le pagó las clases.

En el 1854 marcha, sin el apoyo de su madrina, a Madrid con la intención de vivir de la literatura, pero la situación es totalmente contraria a lo esperado y se ve obligado a vivir como un bohemio.

Para sacar algún dinero se dedica a escribir biografías de diputados y algunas zarzuelas y comedias en colaboración con sus amigos Julio Nombela y Luis García Luna, bajo el pseudónimo de Gustavo García

Gracias a su buen amigo Ramón Rodríguez Correa, consigue hacerse con un puesto de escribiente en la Dirección de Bienes Nacionales, trabajo que le durará poco tiempo, y que tras su despido se embarcó en su gran proyecto editorial: “La Historia de los Templos de España”, cuya primera edición se publica en el 1857, momento en el que le diagnostican tuberculosis. Gracias a la protección de la reina Isabel II, el proyecto durará todo un año.

En el 1861 Gustavo se casa con Casta Esteban Navarro, con quién tendrá tres hijos. En 1864 consigue un puesto de censor de novelas, gracias a la ayuda de González Bravo, su buen amigo y mecenas, puesto que abandona definitivamente en 1868.

El 22 de diciembre de 1870, la tuberculosis acaba con la vida del romántico. Al año iguiente, se publican dos volúmenes con las obras completas de Gustavo Adolfo, gracias a sus nuenos amigos Ferrán y Correa. Será enterrado en Madrid, a pesar de que su deseo era que sus restos se depositaran en su amada Sevilla.

Finalmente, en el 1913 tanto él como su hermano Valeriano -también enterrado en Madrid- fueron trasladados a Sevilla, donde los depositaron en el Panteón de los Sevillanos Ilustres, en la Iglesia de la Anunciación.


De José Casado del Alisal – (15 January 1871). «Pascual Madoz«. La Ilustración de Madrid (25): 5.

Sevilla a través de la literatura de Bécquer

Bécquer es uno de los grandes poetas del siglo XIX en España. Este siglo estará marcado por la Revolución industrial y la Revolución Jurídico-Política. Artísticamente, durante este periodo se desarrolla el Clasicismo y el Romanticismo.

En España, este siglo estará marcado por la Guerra de la Independencia, y los reinados de Fernando VII e Isabel II que provocaron la guerra carlista.

En este contexto, Sevilla adquiere gran importancia, siendo considera como la tercera capital de España, pero a pesar de las grandes modificaciones sociales, económicas y urbanísticas, llevadas a cabo en la ciudad, esta mantuvo su ritmo provinciano plagado de desequilibrios y frágil ante situaciones difíciles.

Todos estos aspectos se manifestarán en la obra de Bécquer, tal y como vamos a ver en algunas de sus leyendas, especialmente en “La Venta de los Gatos”, y en la crónica que hace sobre la Feria de Abril de Sevilla.

Debido a la Revolución Industrial, las desamortizaciones y el ensanche de Sevilla, la urbe sufrió grandes cambios, algunos de los cuales son el escenario en el que se desarrolla la historia de “La Venta de los Gatos”.

Algunas actuaciones, llevadas a cabo, bajo el proyecto del ensanche, fueron la demolición de algunos arquillos bajomedievales de algunas vías del centro histórico con el fin de conseguir un drenaje morfológico en la trama urbana, cuyo fin era el de construir plazas públicas como espacio de recreo.

También se desarrolló un alineamiento de calles en el corte de manzanas y fachadas, se construye el puente de Isabel II, la periferia se expande rodeando la Plaza Nueva, y tomando dirección hacia San Roque, El Baratillo, El Campo de Marte, la afueras de las puertas de Barqueta, Real y Triana.

Al igual que ocurrió en otros espacios, la revolución industrial tuvo efectos en el ensanche. Efectos que se manifestaron sobre todo en el polígono adyacente al Prado de San Sebastián, la Fábrica de Tabacos y el Palacio de San Telmo.

Uno de los cambios más significativos, fue el traslado del antiguo cementerio de San Fernando junto al hospital de San Lázaro, debido a la ubicación en el Prado de San Sebastián de la Feria de Abril en el 1847. También se derribaron algunas casas insalubres adosadas a la Puerta de Jerez, se instalaron “cajones de baños” en las orillas del río, en el Paseo de las Delicias, y se sustituyeron las tapias de San Telmo por una verja ajardinada más propia del romanticismo.

El proyecto del ensanche se centró en la zona más urbana de Sevilla, dejando atrás las zonas del exterior, espacios en los que solo se instaló un alumbrado de gas y se persevero en el empedrado y enlosado variado. De esta manera, Sevilla se vendió como una ciudad de forasteros y visitantes.

Leyenda “La Venta de los Gatos», Bécquer

Como ya hemos dicho, algunos de estos cambios, en especial el traslado del cementerio,
aparecen retratados en la leyenda “La Venta de los Gatos”. Este relato nos cuenta la historia de un joven que visita la venta donde conoce a un muchacho y a una tal Amparo, la novia de este.

Tras el encuentro, el narrador de la historia se va a Madrid durante un largo tiempo y al regresar se encuentra con una Sevilla muy cambiada, que ha afectado de sobremanera a la venta, pues justo al lado de esta han instalado el cementerio y la alegría y la vida que se respiraban en la zona han sido sustituidas por el gris, la tristeza, la locura y la muerte.

La narración continúa con los sucesos acaecidos a los protagonistas: por un lado se descubre que Amparo era hija de una familia noble, que la reclamó y la encerró para que olvidara su anterior vida, llevándola a la tumba; por otro lado, el novio enloqueció al conocer la noticia de la muerte de su amada, finalizando la historia con su fallecimiento.

Esta tragedia podemos fragmentarla en dos capítulos, el primero lleno de alegría, vida, color y ruido, con una Sevilla previa al ensanche como fondo:

“Las copas de dos corpulentos árboles que se levantan a espaldas de ventorrillo, forman el fondo obscuro, sobre el cual se destacan sus blancas chimeneas, completando la decoración los vallados de las huertas llenos de pitas y zarzamoras, los retamares que crecen a la orilla del agua, y el Guadalquivir, que se aleja arrastrando con lentitud su torcida corriente por entre aquellas agrestes márgenes, hasta llegar al pie del antiguo convento de San Jerónimo, el cual asoma por cima de los espesos olivares que lo rodean, y dibuja por obscuro la negra silueta de sus torres sobre un cielo azul transparente.
Imaginaos este paisaje animado por una multitud de figuras, de hombres, mujeres, chiquillos y animales, formando grupos a cuál más pintoresco y característico: […]; ruido de cantares, de castañuelas, de risas, de voces, de silbidos y de guitarras, y golpes en las mesas, y palmadas y estallidos de jarros que se rompen, y mil y mil rumores extraños y discordes que forman una alegre algarabía imposible de describir”

Gustavo Adolfo Bécquer, La Venta de los Gatos.

Mientras que el segundo capítulo se caracteriza por el cambio, la tragedia, la muerte, el gris y una Sevilla industrializada:

“Cuando el azar me condujo de nuevo a la gran ciudad que con tanta razón es llamada reina de Andalucía, una de las cosas que más llamaron mi atención fue el notable cambio erificado durante mi ausencia. Edificios, manzanas de casas y barrios enteros habían surgido al contacto mágico de la industria y el capital; por todas partes fábricas, jardines, posesiones de recreo, frondosas alamedas, pero por desgracia, muchas venerables antiguallas habían desaparecido. […]
[…] emprendí solo el camino de la venta. Cuando dejé a mis espaldas la Macarena y su pintoresco arrabal, y comencé a cruzar por un estrecho sendero aquel laberinto de huertas, ya me parecía advertir algo extraño en cuando me rodeaba. Bien fuese que la tarde estaba un poco encapotada, bien que la disposición de mi ánimo me inclinaba a las ideas melancólicas, lo cierto es que sentí frío y tristeza, y noté un silencio que me recordaba la completa soledad, como el sueño recuerda la muerte.

Anduve un rato sin detenerme, acabé por cruzar las huertas para abreviar la distancia, y entré en el camino de San Lázaro, desde dónde ya se divisa en lontananza el convento de San Jerónimo. 

Tal vez será una ilusión, pero a mí me parece que por el camino que pasan los muertos, hasta los árboles y las hierbas toman al cabo un color diferente. Por lo menos allí se me antojó que faltaban tonos calurosos y románticos, frescura en la arboleda, ambiente en el espacio y luz en el terreno. El paisaje era monótono, las figuras negras y aisladas.”

Gustavo Adolfo Bécquer, La Venta de los Gatos.

Todos estos cambios repercutieron en la sociedad, que pasó a organizarse en base a las “clases sociales”, dejando atrás los estamentos del Antiguo Régimen, quedando la población distribuida en tres grupos: los burgueses, los aristócratas y las clases medias y el cuarto estado.

La primera, se institucionalizó gracias a la revolución jurídico-política y económica que tuvo lugar con la revolución defensora de Isabel II como heredera al trono. Se aceptó así la dignidad implícita en la condición social adquirida mediante el esfuerzo y el mérito personal. Este grupo encontró respaldo en sus propiedades y rentas acumuladas gracias a las desamortizaciones llevadas a cabo durante este periodo por Mendizábal y Madoz.

La segunda, se vio obligada a adaptarse a los cambios que trajeron consigo el siglo y el romanticismo. Esta clase social la conformaba “la vieja aristocracia” que no renunció ni a sus
valores estamentales, ni a su linaje, ni a sus títulos, pero que tuvo que aceptar a la nueva clase dominante e imitarla, si querían mantener su puesto en la sociedad.

Finalmente, nos encontramos las clases medias y el cuarto estado, grupo social conformado por medianos y pequeños burgueses, jornaleros y la incipiente clase obrera. Es decir, personas de ambigua posición y recursos, con oportunidades condicionadas por la economía, la administración, la educación-cultura hispalense, movida por las fluctuaciones económicas, el reflujo del mercado y la limitada capacidad de ingresos.

La Feria de Sevilla de Bécquer

Todo esto queda retratado a la perfección en la crónica titulada: “La Feria de Sevilla” de Bécquer. La organización de la crónica se asemeja a una obra de teatro de dos actos, en los que el telón de fondo es la imponente Sevilla, la iluminación de la escena, el sol, que será el encargado de indicar el cambio de escena; y los actores, los sevillanos y extranjeros que acuden al festejo.

En el primer acto, correspondiente con las primeras horas de la mañana tenemos a los miembros de la clase social más baja en busca de diversión o que acuden a realizar sus ventas, trueques y transacciones. Al cabo del rato aparecen en escena los aristócratas, pero no será hasta el final del acto cuando estos, junto con la clase burguesa tomen protagonismo. En este momento, la algarabía y la concurrencia de gente disminuye, dando paso a un silencio extraño acompasado por el cantar de las chicharras y los grillos.

El segundo acto tiene lugar con la puesta del sol, ahora asistimos a una feria de elegancia y buen tono, por lo que los protagonistas del inicio de la escena son la clase aristocrática y la
burguesa. Mientras en unos puntos concentrados se escuchan la alegría y la vida características de la clase media y obrera. Con el fin de este acto, los protagonistas se marchan, cediendo el escenario a la fiesta popular, pues las clases pudientes aparecerán en otros escenarios, como los casinos, a los que hay que acudir de punta en blanco.

Con el avance de la noche, el jolgorio y las luces se van apagando, las gentes acuden a la llamada del sueño, y en la escena solo se escucha a lo lejos los grupos de gitanos que siguen con la celebración entonando las tristes o las seguidillas, que cantan sin acompañamiento musical mientras recuerdan las glorias de otros días.

En conclusión, Gustavo Adolfo Bécquer nos describe es sus textos una Sevilla llena de luz, sonido, alegría, vida, y misterios -como se narra en las leyendas de “La Venta de los Gatos” y la “El maese Pérez, el organista”-, una Sevilla cambiante que intenta seguir los cánones de las
revoluciones del siglo XIX.

Una Sevilla idealizada, de la que estaba enamorado, tal y como nos deja ver el prólogo que hace en la revista “La España Moderna Revista Ibero-Americana” (1861), donde compara su querida imagen de Sevilla con Madrid, a la que describe fría, muerta y gris.

Es por ello, por lo que siente recelo de los cambios producidos en la antigua Híspalis, porque pierde el júbilo que la caracterizaba y poco a poco parece acercarse a la imagen de Madrid.

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